Si hay algo que deslumbra a las sociedades europeas -y en especial sur europeas- sobre Alemania es su capacidad de planificación social o su elevado nivel de productividad, sin embargo, y al contrario de lo que se esgrime en los países que, como España, miran a Alemania como un referente socio-económico, los alemanes no son así por su propia voluntad, por el simple hecho de ser germanos.
Durante siglos la convulsa situación política, social y cultural de lo que hoy es Alemania propició la necesidad de un cambio en su mentalidad. La alternancia de sucesivas guerras con situaciones de inestabilidad y desordenes políticos propició que poco a poco se fuera estableciendo el imperativo de una situación estable en una región estratégica que ha sufrido la practica totalidad de las guerras europeas.
Por tanto, y dejando el mito de la sociedad alemana como algo estrictamente cuadriculado, es comprensible que, tras siglos de continuos cambios y guerras, Alemania pretenda hoy mantener algo que nunca antes tuvo: prosperidad bajo la estabilidad política, social y cultural; algo de lo que, por otro lado goza desde hace apenas veinte años.
La intransigencia alemana, puesta de manifiesto en estos tiempos no es sino la viva imagen de la filosofía que a día de hoy mantiene su sociedad: habrá que hacer todo lo posible para mantener la estabilidad, ya no solo en su propio país, sino también en todo el continente.
Los alemanes no son así por naturaleza, sino por necesidad; el temor de perder este ambiente de tranquilidad social que se vive en la Bundesrepublik hace que día a día la intransigencia crezca, ante el aumento, también imparable de la posibilidad de una ruptura en Europa.
ALP
No hay comentarios:
Publicar un comentario